La muerte siempre persiguió a Hector Lavoe

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En junio de 2013, el periodista Merdardo Arias publicó en El País de Colombia un artículo en el que cuenta algunas vivencias junto a Héctor Lavoe cuando realizó su labor de corresponsal en Nueva York para una revista de Bogotá.
El empresario Larry Landa, el cantante Héctor Lavoe y el periodista Merdardo Arias en la discoteca Juan Pachanga en Juanchito. (Foto: El País de Colombia)

La aventura de Merdardo Arias comenzó en otoño de 1983 cuando se desempeñaba como reportero de la revista Sucesos Nacionales e Internacionales de Bogotá y le propuso a la directora de ese medio que deseaba ir a Nueva York como corresponsal. No pasaron muchos días cuando el periodista aterrizó en Miami para dirigirse posteriormente en distintos medios terrestres hasta Manhattan.

Por aquel entonces la salsa aún se mantenía fuerte en la Gran Manzana y Héctor Lavoe, uno de sus estandartes, se presentaba en locales con su orquesta de solista. Arias había conocido a Jibarito en Cali, en un conciertos organizado por Larry Landa, el exitoso empresario que llevó a Fania All Stars a Colombia. Desde entonces nació una amistad entre Arias y Lavoe, quien falleció en 29 de junio de 1993.

En junio de 2013, al conmemorarse 20 años de la muerte del Cantante de los Cantantes, el periodista publicó en El País de Colombia una crónica contando algunas experiencias que pudieron convertirse en tragedia y con las que reafirma lo que muchos piensan: que la muerte siempre persiguió a Héctor Lavoe. Aquí parte del artículo de Merdardo Arias:

Acabábamos de llegar de Buenaventura, tras un concierto histórico en el coliseo cubierto. En el retorno desde el Puerto —el bus venía compartido con la orquesta de Piper Pimienta— el cantante hizo detener el automotor para comprar Ron Viejo de Caldas, su favorito, y también por una urgencia estomacal. Dijo que no necesitaba baño alguno, y se internó en el monte; “en Puerto Rico nos limpiamos el culo con hojas”, gritó, antes de desaparecer en un paraje tupido cercano a Cisneros, ante el abucheo de toda la orquesta.

Ya a punto de descender hacia Cali, a la altura del kilómetro 18, el conductor empezó a dar bandazos contra las defensas metálicas que separan la carretera del abismo. Lo hizo al menos en tres ocasiones. La gritería cundió por todo el bus. Yo venía dormido, no había tenido tiempo de descansar antes del viaje. La Puchi’, mujer de Héctor Lavoe, estaba histérica e instaba a Larry a que golpeara al conductor: “¡Cañonéalo Larry, cañonéalo!, gritaba, y el chofer empezó a llorar como niño y pedía ser perdonado por su falla involuntaria. Mientras recibía agua en el rostro y un lamparazo de ron que le pasó Lavoe, Piper no salía de su asombro. “¡Nos salvamos, hermano, nos salvamos!”, decía.

Junto a la estrella

Pero otra experiencia límite, en viaje, volvería a unirme a Lavoe en Nueva York. Héctor vivía en Jamaica Boulevard, al final de la ruta del Tren D que remontaba Queens; era el otoño del 83 y tenía un toque en Miami y otro en Cali. Yo había desistido ya de la idea de ser corresponsal y todos los días miraba mi tiquete de regreso. Mi primer hijo tenía apenas 2 años y su recuerdo tiraba más que una yunta de bueyes.

Había dejado Cali casi al tenor de una canción de Héctor: “Ella va/ triste y vacía/ soñando una pasión con amargura/ por aquel que le decía/ que era su amor y su locura. …”Pero en el Nueva York de entonces, el ‘Hit Parade’ de Radio Wado, y la ‘Super KQ’ estaba capitaneado por otra melodía: ‘Juanito Alimaña’. Había decidido viajar con Héctor y su orquesta hasta Florida, para remontar luego a Cali. En las noches previas al viaje lo acompañé a una sala de ensayos, ‘Studio Z’, en el Bajo Manhattan, situado en el piso once de un edificio que parecía arrasado por Atila y sus bárbaros.

Héctor me presentó a uno de los cocodrilos sagrados de la época dorada con Willie Colón: el pianista Joe Torres: “Este es el hombre que se come los guineos, y se fuma las cáscaras…”, me dijo. Torres, silencioso, sonriente, se entregaba a lo suyo; descargas para acompañar el ‘salsaperiódico’ de Héctor, una virtuosa improvisación en la que, soneo puro, iba creando versos, robateos, dichos chispeantes, a partir de la página de crímenes del Diario La Prensa. Nombraba también a Cali y Juanchito, a su “amigo Merdardo, de Colombia, aquí presente”, y todo lo que le salía del magín.

Tomamos un jumbo de Eastern Airlines rumbo a Miami. Por entonces, la sección de fumadores de los aviones estaba en la parte de atrás y la orquesta ocupó ese lugar. Sólo que, para mi sorpresa, encendieron cigarrillos de marihuana. La azafata pasaba sonriente y esta actitud complacida hacía creer que aquello no era delito alguno. Debíamos llevar 20 minutos de vuelo, cuando fui sacado, literalmente, del baño, por una azafata. Había una emergencia y debía regresar a mi puesto.

Cuando volví y me ajusté el cinturón, vi que el sacerdote que venía a mi lado tenía la Biblia abierta y le temblaban las manos. A través de la ventanilla vi otra vez las luces del aeropuerto JFK. No sabía lo que pasaba. Ambulancias y máquinas de bomberos hacían girar sus luces. Al enorme jumbo de Eastern se le había apagado una turbina, debió retornar a Nueva York y todo ahí estaba preparado para un siniestro. ‘La Puchi’ iba de un lugar a otro del JFK pidiendo que nos pusieran un avión a Miami “inmediatamente” y golpeaba en el mostrador de Eastern. “Esto es una ofensa para Héctor Lavoe, el cantante de cantantes”, gritaba.

Él y los músicos, conocedores del temperamento de esa mujer pequeñita y furiosa, pedían calma. Nos sentamos en el piso y ahí empezó una descarga que en minutos atrajo la atención. Milton Cardona, uno de los congueros que más sabe de percusión batá en Nueva York, empezó acariciar los cueros con la yema de los dedos; Lavoe cantaba a ‘capela’: “”Aguanilé, aguanilé… santo Dios/ santo fuerte/ santo inmortal…”…”

Rey de la Puntualidad

Lo recuerdo ahora y me erizo, pues en esa película en blanco y negro del pasado regresa también la imagen del pequeño club aledaño al aeropuerto de Miami, en Le Jeune Road. Allí, en ausencia de un maestro de ceremonias, debí presentar al Jibarito de Ponce.

Subí a su habitación para avisarle que ya la orquesta estaba lista en tarima. Y el club, atestado de caleños y cubanos, reclamaba que apareciera. Pero él era el Rey de la Impuntualidad, un genio caprichoso que hacía lo que le dictaba la marea interna de su destino. Con todo, la gente lo adoraba. Cuando fui a buscarlo, estaba de frente al televisor, abstraído en la película ‘Rambo’.

De pronto tomó conciencia, se paró como una exhalación, se metió con ropa y todo bajo la ducha, y salió de ahí echándose una Polo de Ralph Laurent, con el frasco en alto. Se enfundó en un chalequillo y salió corriendo hacia el ascensor. Yo detrás. Una vez lo presenté, brincó al escenario y sin preámbulos inició con ‘El cantante’. El sitio, a reventar.

Al día siguiente, el propietario del hotel pidió que le pagaran el “daño” hecho Lavoe en su habitación: con marcador había pintado, a todo lo ancho de una pared —él que era discípulo de Changó— a Santa Bárbara. No dibujaba mal; al pie, había escrito, casi como un grito de auxilio: “Santa Bárbara bendita, ampárame”.

De visita en San Juan

Cinco años después me enteré en Panamá que Héctor acababa de saltar del octavo piso de un hotel de San Juan. La noticia venía en primera página del diario ‘La Estrella de Panamá’. A partir de entonces, transcurrieron cinco años de viacrucis hasta su muerte el 29 de junio de 1993. En 1998 fui en viaje de luna de miel a Puerto Rico; andábamos por San Juan en un carro alquilado.

Al dar reversa en la zona hotelera, me estrellé contra unos bolardos. Al bajarme a constatar el daño, el botones que acudió en nuestro auxilio dejó saber que era ese el hotel ‘Regency’, donde el cantante había sumado otro apodo a su acervo: ‘Superman Lavoe’, al lanzarse del octavo piso, un domingo de junio, hacía diez años. Entendí la señal. Miré hacia las habitaciones de arriba y fue como si lo viera caer hacia la noche, la misma de la que no ha querido irse, la que no lo olvida.

Por Salserisimo Perú

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